sábado 10 de abril de 2010

Aquellos ojitos verdes por dondi´ andarán pasiandooo

Estaba yo muy gordo a las 17 años, ya pasaba de los 100 kilos. Caminaba una tarde por una acera de la carrera 15 cerca de San Victorino, llevaba el morral escolar en la espalda,nunca ha dejado de asombrabarme el ver los cardúmenes de putas en la entrada de las residencias y hotelitos baratos. Me han parecido una linda alucinación estética dentro de lo grotesco de las calles del centro; son pececitos de un arrecife de coral de con colores vistosos y alegres, pieles brillantes,bolsos de lentejuelas como escamas, maquillajes fosforescentes que les sirven para delimitar el territorio sin agredirse mutuamente, viven entre depredadores y entre los desechos de la vida juntan lo de la comida diaria para ellas y sus hijos, además que se tratan entre si de "hermana" y a pesar de todo ríen.
Del morral escolar precisamente me haló una de ellas hacia dentro del zaguán de las decadentes residencias , sumanente gorda y algo anciana ya, era boyacense por su acento, de medias verdes de lana, venas várices notorias que le contorneaban las piernas como enredaderas y faldita bastante muy cortita de rayas como un papel de tornasol. Sonreía con franqueza y con sus poquitos dientes y me lanzó un argumento tan ingenioso como oportuno al verme de seguro tan entrado en carnes como un novillo de engorde:

- Papito, dentre... venga... piche pa´que adelgace.

Me asusté al saberme como Jonás devorado por el cachalote. No tuve otro argumento para responder más allá de decirle con voz temblorosa y el rostro enrojecido de pena:

- Hoy no puedo señora. Es que no tengo plata.

- Lástima papito, me respondió. Al menos regáleme uno de esos ojitos verdes para recordarlo. Y me cantó un pedazo de canción que nunca olvidé después: "Aquellos ojitos verdes por dondi´ andarán pasiandooo".

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